La nariz, su mucosa y sus cornetes
Cuando hablamos del apéndice nasal, frecuentemente
lo mencionamos en plural: decimos narices. Términos como: Límpiate,
suénate o no te piques las narices, son usados regularmente,
sobre todo al dirigirnos a nuestros hijos o como los maestros dicen a
sus alumnos.
Sucede que verdaderamente tenemos en la parte media de
la cara, un órgano respiratorio nasal dividido en dos compartimientos.
Por eso se reconoce en plural. Son dos narinas, cámaras nasales
o narices que se encuentran unidas pero divididas en su parte media por
el tabique nasal.
Imaginemos a la nariz como una pera. Su base es el piso
y su vértice se encuentra en medio de los ojos.
La nariz está formada por huesos, cartílagos
duros como la parte anterior del tabique nasal, que se llama cartílago
cuadrángular y cartílagos blandos, como los de las alas
o fosas nasales que al juntarse forman la punta nasal. Todas estas estructuras,
sus músculos y el tejido celular subcutáneo, se encuentran
cubiertos externamente por piel. Sin embargo, la cubierta interna de la
nariz sufre transición a mucosa.
Según el carácter de la mucosa que recubre
el interior de las fosas nasales, se divide generalmente en tres áreas:
la región vestibular, la región respiratoria y la región
olfatoria.
En cuanto a sus dimensiones, debemos mencionar que a lo
largo, midiéndola desde la punta hasta su pared posterior, formada
por la parte alta de la faringe, la nariz alcanza unos 7 cm., más
o menos los mismos de su altura.
En las partes laterales de cada cámara nasal, se
encuentran los cornetes. Su número por lo general es de tres (como
si fueran tres dedos atravezados). Y ayudan a realizar las principales
funciones de la nariz: humectar, calentar, limpiar y dirigir el aire que
respiramos hacia el interior de los pulmones.
Los cornetes son estructuras formadas por hueso esponjoso
y su cubierta es una delgada y delicada mucosa nasal. Su irrigación
sanguínea es rica y abundante. Por cierto, similar a la inervación,
haciéndolos muy sensibles a cambios de temperatura, lo que facilita
su trabajo.
Se les reconoce como cornete inferior, medio y superior.
Debajo de cada uno, como arropándolo o portegiéndolos, están
los meatos del mismo nombre, que son las vías de comunicación
de la nariz con sus senos paranasales. Y lo mismo sirven como puertas
de salida del moco que exudan los senos como también de entrada
y salida al aire. Recordemos que la nariz en su parte interna, tiene a
su alrededor una serie de cavidades conocidas como senos que también
colaboran para los efectos de su trabajo respecto al aire y al moco.
Los senos paranasales son más fácilmente
identificados si tomamos a los ojos o a las cavidades orbitarias como
punto de referencia.
Arriba de los ojos están los senos frontales, en
medio los etmoidales, atrás los esfenoidales y abajo los maxilares.
Por eso cuando se infectan los senos, los médicos utilizamos el
término de sinusitis, que según la parte afectada, ésta
podrá ser maxilar, etmoidal, esfenoidal ó frontal. Puede
haber combinaciones diversas (P.Ej.: sinusitis etmoidomaxilar) o pansinusitis,
si la infección es generalizada.
La mucosa de los cornetes secreta o produce moco, al igual
que el resto de las estructuras cubiertas por ella en la nariz. El moco
es un elemento vital para este órgano respiratorio. Se dice que
un adulto normal de 70 Kg. llega a producir aprox. unos 750 C.C. de moco
en el transcurso de 24 horas. Casi un litro que en forma imperceptible
pasa al tubo digestivo.
Lo normal es que con el movimiento ciliar, producido por
el epitelio cilíndrico vibrátil de la mucosa, el moco vaya
desplazándose léntamente hacia el estómago, cumpliendo
así con su ciclo de trabajo.
Podemos imaginar este fenómeno comparándolo
con un sembradío de trigo movido por el viento en un campo. En
el caso de la mucosa nasal, el movimiento ciliar se hace de forma muy
lenta hacia adelante y más rápida hacia atrás.
El moco, que humecta y mejora la temperatura del aire que
respiramos, cumple también otras funciones de protección
para nuestro organismo. Funciones que se catalogan como físicas
y químicas.
De las últimas, destaca la que realiza la mucina,
poderosa enzima componente del moco que destruye bacterias y otras sustancias
extrañas que impregnan el aire que respiramos.
Pero el moco también cumple funciones de protección
al organismo conocidas como de tipo físicas o mecánicas.
Por su carácater viscoso, el moco nasal es capaz de atrapar partículas
un poco mayores que se adhieren al mismo, para inmovilizarlas y evitar
que ingresen al árbol respiratorio. Estas partículas pasan
luego al interior del estómago donde serán finalmente destruidas,
fagocitadas o excretadas.
En aquellos casos de patología, tanto las características
normales de la mucosa como desde luego, el propio moco, sufrirán
variantes acordes a la enfermedad.
La coloración, aspecto y tamaño de la mucosa
son siempre evaluadas por el especialista al revisar la nariz. Por cierto,
alguien poco familiarizado con la anatomía nasal, fácilmente
podrá diagnosticar que un paciente tiene tumores o pólipos
nasales, cuando lo que realmente está viendo es la cabeza normal
del cornete inferior. Por su parte, el moco es también un reflejo
natural de respuesta a una enfermedad determinada y sufrirá cambios
de acuerdo al padecimiento que se trate.
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